Bahía de Els Alfacs, Delta del Ebro. El primer eclipse total de sol visible en España en más de un siglo, y yo casi me lo tomo como una tarde cualquiera.
Todo empezó en Sóller, en plena calle, delante de la parada del tranvía. Unos señores habían montado un puestecillo improvisado y vendían gafas para ver el eclipse, «certificadas», decían, con ese tono de vendedor que te hace dudar de si lo están o no. Las compramos como se compra un imán de nevera: por compromiso y sin pensarlo mucho. En ningún momento nos habíamos planteado comprarlas; si no nos las llegan a ofrecer, nunca las habríamos llevado. Acabaron en un cajón del Truhán y nos olvidamos de ellas hasta unos días después, ya en el Delta del Ebro.
Fue una puñetera casualidad. Y algunas de las mejores cosas de la vida empiezan exactamente así.
Rumbo al Delta
Dejamos Mallorca y pusimos proa al Delta del Ebro. Allí nos esperaba Gonzalo, un buen amigo, con su velero, de astillero americano, y su encantadora familia, incluidas dos criaturas tan simpáticas que deberían ir incluidas en el equipamiento de serie de cualquier velero.
Pasamos una noche en el puerto de La Ràpita y, al día siguiente, nos metimos en la bahía de Els Alfacs, esa enorme laguna de agua tranquila que el Delta abraza por el sur. Fondeamos el Truhán y el barco de Gonzalo a unos treinta metros el uno del otro. Alrededor, cuatro o cinco veleros más. En la playa, una multitud: medio mundo había decidido que aquel era el mejor sitio para ver el espectáculo.
Y lo era. El eclipse llegaba al atardecer, con el sol muy bajo sobre el horizonte del oeste, y allí, en mitad del agua, no había ni un edificio, ni una montaña, ni una farola que estorbara.
Los pelos de punta
Cogimos la dinghy y nos cruzamos al barco de Gonzalo. Ellos también tenían sus gafas, así que nos colocamos en la bañera como quien se sienta en el cine, con más curiosidad que expectativas. Yo, para ser sincero, no le prestaba mucha atención. Un eclipse, pensaba, es un sol con un mordisco.
El sol empezó a perder un trocito. Luego otro. A través de las gafas, la luna iba entrando despacio, como quien no quiere molestar, y aquello ya empezó a parecerme espectacular. La luz de la tarde se volvió rara, metálica, como si alguien estuviera bajando el regulador del mundo.
Y entonces llegó la totalidad. El sol se apagó y en su lugar quedó un anillo de fuego colgado sobre el horizonte. No hay foto que lo cuente bien, aunque la nuestra lo intenta. Se me pusieron los pelos de gallina. No me lo esperaba: yo, que había comprado las gafas por compromiso, estaba ahí de pie, con la boca abierta, delante del mayor espectáculo que he visto desde un barco.
La naturaleza siempre te sorprende. Por eso navego, y por eso quiero vivir a bordo: porque ahí fuera, cuando menos te lo esperas, el cielo se apaga solo para ti.
Mi barco, con otra luz
Hubo un segundo espectáculo que no estaba en el programa. Desde la cubierta de Gonzalo, a treinta metros, miraba el Truhán fondeado bajo aquella luz imposible, ni de día ni de noche, con el agua de la bahía brillando como cobre. Pocas veces ves tu propio barco desde fuera, y menos así. Me pareció más bonito que nunca, y eso que ya me parecía bonito.
Después, el sol volvió a asomar como una uña de luz justo antes de hundirse en el horizonte. Volvimos a la dinghy sin hablar mucho, que es lo que pasa cuando algo te ha dejado sin palabras.
A la mañana siguiente nos despedimos de Gonzalo y su familia, levamos el ancla y pusimos rumbo a Peñíscola. Las gafas siguen guardadas en el Truhán. Nunca un imán de nevera dio tanto de sí.
— Narciso, capitán del Truhán